EL REY NUNCA PERDIÓ SU TRONO Dr. Jorge porras Benedetti
Después de recorrer estas páginas, ya no podemos refugiarnos en una confesión vaga de que “Dios es soberano”. La pregunta ahora es mucho más incómoda: ¿sabemos realmente qué significa soberanía? Podemos haber ministrado diez, veinte o treinta años; podemos conocer el vocabulario religioso, dirigir congregaciones, enseñar, viajar, levantar organizaciones y ocupar posiciones reconocidas, y aun así no haber examinado seriamente qué significa que YHVH sea Soberano, qué es Su Reino, qué autoridad ha delegado al hombre y dónde terminan los límites de esa autoridad. La antigüedad en el ministerio no garantiza comprensión. Una estructura puede perpetuarse durante generaciones y seguir transmitiendo conceptos que nunca fueron sometidos al cedazo de las Sagradas Escrituras.
Ese es precisamente el peligro de todo sistema religioso: llegar a dominar su propio lenguaje sin haber regresado a la pregunta fundamental: ¿qué dijo realmente YHVH? Podemos aprender cómo funciona una organización, cómo abrir una congregación, cómo obtener reconocimiento, cómo administrar recursos, cómo ocupar una posición y cómo reproducir una estructura; según la tradición de los hombres, pero ninguna de esas cosas demuestra que comprendamos el gobierno del Reino.
El Reino no comienza con un edificio, un cargo, una constitución institucional o una plataforma. Comienza con un Rey Su reino cuya autoridad es absoluta y con hijos que hayan aprendido a vivir bajo Su gobierno, Su reino y Su cultura.
Y aquí Nicodemo se convierte en una figura extraordinariamente confrontadora. Juan lo presenta como fariseo, principal de los judíos y maestro de Israel. No era un ignorante de las Escrituras ni un hombre sin posición. Llegó a Yeshúa reconociendo: “Rabí, sabemos que has venido de Dios como maestro, porque nadie puede hacer estas señales que tú haces si Dios no está con él”.
Pero Yeshúa no se detuvo a recibir el reconocimiento ni permitió que la conversación girara alrededor de Su prestigio. Fue directamente al problema fundamental: A menos que uno nazca de nuevo —o de arriba—, no puede ver el Reino de Dios.”
Después profundizó: “A menos que uno nazca del agua y del Espíritu, no puede entrar en el Reino de Dios.”
Observe la confrontación. Nicodemo podía ser maestro y, sin embargo, necesitar aprender a ver. Podía poseer posición y todavía necesitar entrar. Podía conocer un sistema religioso y todavía no comprender el Reino. Más adelante Yeshúa le pregunta: “¿Tú eres el maestro de Israel y no entiendes estas cosas?” Esa pregunta no pertenece solamente a Nicodemo. Atraviesa los siglos y llega hasta nosotros.
¿Cómo podemos enseñar acerca de Dios durante décadas y no saber definir Su soberanía?
¿Cómo podemos hablar continuamente de Yeshúa y relegar a un segundo plano el mensaje que Él colocó en el centro de Su misión: ¿El Reino de Dios?
¿Cómo podemos ejercer autoridad sin haber distinguido entre autoridad delegada y soberanía?
¿Cómo podemos enseñar a otros a obedecer si nosotros mismos nunca hemos sometido nuestras estructuras, tradiciones y conceptos al examen de la Escritura?
¿Cómo podemos pretender transformar personas mientras nuestra propia manera de pensar permanece sin ser procesada ni transformada?
Pablo escribió: “No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestra mente” (Romanos 12:2). Y en otra parte habla de ser renovados en el espíritu de nuestra mente (Efesios 4:23). La transformación del Reino exige más que agregar información nueva a una estructura mental vieja. Hay momentos en los que no necesitamos otra conferencia, otro título, otro método ni otra organización. Necesitamos permitir que la Palabra derribe categorías que llevamos años defendiendo simplemente porque fueron las categorías mediante las cuales fuimos formados.
Ese proceso puede ser doloroso. La verdad frecuentemente lo es cuando toca aquello que hemos convertido en identidad. Es relativamente fácil corregir una idea secundaria; es mucho más difícil descubrir que parte de nuestra manera de ministrar, gobernar, pensar o interpretar a Dios fue construida sobre presupuestos que nunca examinamos. Pero el verdadero ministro del Reino no debe temer esa confrontación. Si una idea no puede sobrevivir al examen de la Escritura, no merece sobrevivir en nuestro vida y ministerio.
El problema no consiste en que existan organizaciones, edificios, administraciones o estructuras. Todas ellas pueden funcionar como instrumentos legítimos. El problema comienza cuando el instrumento sustituye al propósito, cuando la organización pretende definir el Reino, cuando el cargo se convierte en identidad, cuando la autoridad delegada se transforma en dominio sobre las personas y cuando preservar el sistema resulta más importante que obedecer al Rey.
Un ministro del Reino no existe para producir personas dependientes de él. No existe para construir una estructura que necesite controlar para sobrevivir. Existe para representar al Rey, equipar al pueblo, administrar correctamente la autoridad recibida y ayudar a otros a cumplir la asignación que YHVH colocó en sus manos.
Por eso necesitamos regresar una vez más a la soberanía.
Soberanía significa que YHVH posee autoridad suprema y originaria. Nadie se la concedió. Nadie puede quitársela. Toda autoridad creada procede de Él y permanece subordinada a Él. El hombre recibió dominio, pero no soberanía. Satanás puede rebelarse, engañar y usurpar, pero no convertirse en soberano rival. El mal puede corromper, pero no hacerse eterno. La muerte puede actuar como enemigo, pero tiene sentencia. La maldición puede afectar la creación, pero Apocalipsis anuncia su final.
Yeshúa, el postrer Adam, entra precisamente en esta historia. No viene a devolverle a YHVH un trono perdido, porque el Padre jamás dejó de ser Rey. Viene a enfrentar aquello que la rebelión introdujo, a representar perfectamente el gobierno del Padre y a conducir una nueva humanidad nuevamente bajo el orden del Reino. Su obediencia confronta nuestra independencia. Su servicio confronta nuestra búsqueda de posición. Su Reino confronta nuestros sistemas. Su madero confronta nuestra autosuficiencia. Su resurrección confronta el pretendido dominio de la muerte.
Por eso este libro no puede terminar simplemente preguntando qué aprendimos. Debe preguntarnos qué estamos dispuestos a abandonar.
¿Estamos dispuestos a abandonar una definición incorrecta de soberanía aunque la hayamos enseñado durante treinta años?
¿Estamos dispuestos a reconocer que una tradición puede ser antigua sin ser necesariamente el diseño original?
¿Estamos dispuestos a dejar de llamar “voluntad de Dios” a todo lo que sucede?
¿Estamos dispuestos a distinguir el Reino de las estructuras que construimos alrededor de él?
¿Estamos dispuestos a ejercer autoridad sin convertirnos en propietarios de las personas?
¿Estamos dispuestos a volver a aprender después de haber enseñado durante décadas?
¿Estamos dispuestos, como Nicodemo, a reconocer que posición, conocimiento acumulado y reconocimiento religioso no sustituyen la necesidad de ver y entrar en el Reino?
Esta es la confrontación final: no importa cuánto tiempo llevemos caminando si descubrimos que hemos estado caminando en una dirección que la Escritura nos obliga a revisar. La madurez no consiste en defender todo lo que alguna vez dijimos. Madurez es tener suficiente temor de YHVH para corregirnos cuando Su Palabra nos confronta.
El Reino no necesita proteger nuestras reputaciones.
El Rey no necesita nuestras estructuras para continuar siendo Rey.
La verdad no necesita adaptarse a nuestras tradiciones.
Somos nosotros quienes necesitamos ser transformados.
Y esa transformación comienza cuando dejamos de preguntar solamente: “¿Qué me enseñaron?”, y volvemos a preguntar: “¿Qué dice la Escritura?”
Cuando todo termine, nuestras organizaciones no estarán en el trono. Nuestros títulos no estarán en el trono. Nuestros concilios, denominaciones, constituciones, métodos y sistemas no estarán en el trono. Tampoco estarán allí Satanás, la muerte, el mal ni la maldición.
El Rey estará en Su trono.
Y entonces quedará demostrado para siempre lo que este libro ha querido afirmar desde su primera página:
Yhvh nunca dejó de ser soberano.
La criatura pudo rebelarse, pero nunca pudo convertirse en rey.
El mal pudo entrar en la historia, pero nunca pudo apropiarse del trono.
La muerte pudo convertirse en enemigo, pero nunca en soberana.
El reino no existe para sostener nuestros sistemas; nosotros existimos para representar el gobierno del rey.
Y si después de décadas de ministerio descubrimos que necesitamos volver a aprender qué significa soberanía, autoridad, Reino y gobierno, no debemos defender nuestra antigüedad.
Debemos hacer lo que exige toda verdadera transformación:
volver a la Palabra, renovar nuestra manera de pensar, someternos nuevamente al Rey y comenzar a representar correctamente aquello que durante años dijimos servir.
El rey nunca perdió su trono. La pregunta final no es si él sigue siendo rey; la pregunta es si nosotros estamos dispuestos a abandonar todo aquello que compite con Su Reino y gobierno y volver a vivir verdaderamente bajo él.
Dr. Jorge Porras Benedetti Al Servicio del Gran Rey. Yeshua HaMashiaj.




